LA VUELTA DE MARTÍN FIERRO 
(segunda parte)

I 

Atención pido al silencio
Y silencio a la atención,
Que voy en esta ocasión,
Si me ayuda la memoria,
A mostrarles que a mi historia,
Le faltaba lo mejor.

Viene uno como dormido
Cuando vuelve del desierto;
Veré si a esplicarme acierto
Entre gente tan bizarra,
Y si al sentir la guitarra
De mi sueño me despierto.

Siento que mi pecho tiembla,
Que se turba mi razón,
Y de la vigüela al son
Imploro a la alma de un sabio,
Que venga a mover mi labio
Y alentar mi corazón.

Si no llego a treinta y una,
De fijo en treinta me planto,
Y esta confianza adelanto
Porque recibí en mí mismo,
Con el agua del Bautismo
La facultá para el canto.

Tanto el pobre como el rico
La razón me la han de dar;
Y si llegan a escuchar
Lo que esplicaré a mi modo,
Digo que no han de reir todos,
Algunos han de llorar.

Mucho tiene que contar
El que tuvo que sufrir,
Y empezaré por pedir
No duden de cuanto digo,
Pues debe creerse al testigo
Si no pagan por mentir.

Gracias le doy a la Virgen,
Gracias le doy al Señor,
Porque entre tanto rigor,
Y habiendo perdido tanto,
No perdí mi amor al canto
Ni mi voz como cantor.

Que cante todo viviente
Otorgó el Eterno Padre;
Cante todo el que le cuadre
Como lo hacemos los dos,
Pues sólo no tiene voz
El ser que no tiene sangre.

Canta el pueblero... y es pueta;
Canta el gaucho... y ¡ay Jesús!
Lo miran como avestruz,
Su inorancia los asombra;
Mas siempre sirven las sombras
Para distinguir la luz.

El campo es del inorante;
El pueblo del hombre estruido;
Yo que en el campo he nacido,
Digo que mis cantos son
Para los unos... sonidos,
Y para otros... intención.

Yo he conocido cantores
Que era un gusto el escuchar,
Mas no quieren opinar
Y se divierten cantando;
Pero yo canto opinando
Que es mi modo de cantar.

El que va por esta senda
Cuanto sabe desembucha,
Y aunque mi cencia no es mucha,
Esto en mi favor previene;
Yo sé el corazón que tiene
El que con gusto me escucha.

Lo que pinta este pincel
Ni el tiempo lo ha de borrar;
Ninguno se ha de animar
A corregirme la plana;
No pinta quien tiene gana
Sinó quien sabe pintar.

Y no piensen los oyentes
Que del saber hago alarde;
He conocido aunque tarde,
Sin haberme arrepentido,
Que es pecado cometido
El decir ciertas verdades.

Pero voy en mi camino
Y nada me ladiará,
He de decir la verdá,
De naides soy adulón;
Aquí no hay imitación
Esta es pura realidá.

Y el que me quiera enmendar
Mucho tiene que saber;
Tiene mucho que aprender
El que me sepa escuchar;
Tiene mucho que rumiar
El que me quiera entender.

Más que yo y cuantos me oigan,
Más que las cosas que tratan,
Más que lo que ellos relatan,
Mis Cantos han de durar:
Mucho ha habido que mascar
Para echar esta bravata.

Brotan quejas de mi pecho,
Brota un lamento sentido;
Y es tanto lo que he sufrido
Y males de tal tamaño,
Que reto a todos los años
A que traigan el olvido.

Y a verán si me despierto
Cómo se compone el baile;
Y no se sorprenda naides
Si mayor fuego me anima;
Porque quiero alzar la prima
Como pa tocar al aire.

Y con la cuerda tirante,
Dende que ese tono elija,
Yo no he de aflojar manija
Mientras que la voz no pierda,
Si no se corta la cuerda
O no cede la clavija.

Aunque rompí el estrumento
Por no volverme a tentar,
Tengo tanto que contar
Y cosas de tal calibre,
Que Dios quiera que se libre
El que me enseñó a templar.

De naide sigo el ejemplo,
Naide a dirigirme viene,
Yo digo cuanto conviene
Y el que en tal güeya se planta,
Debe cantar cuando canta,
Con toda la voz que tiene.

He visto rodar la bola
Y no se quiere parar,
Al fin de tanto rodar
Me he decidido a venir
A ver si puedo vivir
Y me dejan trabajar.

Se dirigir la mansera
Y también echar un pial;
Sé correr en un rodeo,
Trabajar en un corral;
Me sé sentar en un pértigo
Lo mesmo que en un bagual.

Y empréstenmé su atención
Si ansí me quieren honrar,
De no, tendré que callar,
Pues el pájaro cantor
Jamás se para a cantar
En árbol que no da flor.

Hay trapitos que golpiar,
Y de aquí no me levanto.
Escuchenmé cuando canto
Si quieren que desembuche:
Tengo que decirles tanto
Que les mando que me escuchen.

Déjenmé tomar un trago
Estas son otras cuarenta:
Mi garganta está sedienta,
Y de esto no me abochorno,
Pues el viejo, como el horno,
Por la boca se calienta.

II

Triste suena mi guitarra
Y el asunto lo requiere;
Ninguno alegrías espere
Sinó sentidos lamentos,
De aquel que en duros tormentos
Nace, crece, vive y muere.

Es triste dejar sus pagos
Y largarse a tierra agena
Llevándose la alma llena
De tormentos y dolores,
Mas nos llevan los rigores
Como el Pampero a la arena.

¡Irse a cruzar el desierto
Lo mesmo que un foragido,
Dejando aquí en el olvido,
Como dejamos nosotros,
Su mujer en brazos de otro
Y sus hijitos perdidos!

Cuántas veces al cruzar
En esa inmensa llanura,
Al verse en tal desventura
Y tan lejos de los suyos,
Se tira uno entre los yuyos
A llorar con amargura.

En la orilla de un arroyo
Solitario lo pasaba;
En mil cosas cavilaba
Y a una güelta repentina,
Se me hacía ver a mi china
O escuchar que me llamaba.

Y las aguas serenitas
Bebe el pingo trago a trago,
Mientras sin ningún halago
Pasa uno hasta sin comer
Por pensar en su mujer,
En sus hijos y en su pago.

Recordarán que con Cruz
Para el desierto tiramos;
En la pampa nos entramos,
Cayendo por fin del viaje
A unos toldos de salvajes,
Los primeros que encontramos.

La desgracia nos seguía,
Llegamos en mal momento:
Estaban en parlamente
Tratando de una invasión,
Y el indio en tal ocasión
Recela hasta de su aliento.

Se armó un tremendo alboroto
Cuando nos vieron llegar;
No podíamos aplacar
Tan peligroso hervidero;
Nos tomaron por bomberos
Y nos quisieron lanciar.

Nos quitaron los caballos
A los muy pocos minutos;
Estaban irresulotos,
Quien sabe qué pretendían;
Por los ojos nos metían
Las lanzas aquellos brutos.

Y déle en su lengüeteo
Hacer gestos y cabriolas;
Uno desató las bolas
Y se nos vino en seguida:
Ya no créiamos con vida
Salvar ni por carambola.

Allá no hay misericordia
Ni esperanza que tener;
El indio es de parecer
Que siempre matar se debe,
Pues la sangre que no bebe
Le gusta verla correr.

Cruz se dispuso a morir
Peliando y me convidó;
Aguantemos, dije yo,
El fuego hasta que nos queme:
Menos los peligros teme
Quien más veces los venció.

Se debe ser más prudente
Cuando el peligro es mayor;
Siempre se salva mejor
Andando con alvertencia,
Porque no está la prudencia
Reñida con el valor.

Vino al fin el lenguaraz
Como a trairnos el perdón;
Nos dijo: "La salvación
Se la deben a un cacique,
Me manda que les esplique
Que se trata de un malón".

"Les ha dicho a los demás
Que ustedes queden cautivos
Por si cain algunos vivos
En poder de los cristianos,
Rescatar a sus hermanos
Con estos dos fugitivos".

Volvieron al parlamento
A tratar de sus alianzas,
O tal vez de las matanzas;
Y conforme les detallo,
Hicieron cerco a caballo
Recostándose en las lanzas.

Dentra al centro un indio viejo
Y allí a lengüetiar se larga;
Quién sabe qué les encarga;
Pero toda la riunión
Lo escuchó con atención
Lo menos tres horas largas.

Pegó al fin tres alaridos,
Y ya principia otra danza;
Para mostrar su pujanza
Y dar pruebas de jinete
Dió riendas rayando el flete
Y revoliando la lanza.

Recorre luego la fila,
Frente a cada indio se para,
Lo amenaza cara a cara,
Y en su juria aquel maldito
Acompaña con su grito
El cimbrar de la tacuara.

Se vuelve aquello un incendio
Más feo que la mesma guerra;
Entre una nube de tierra
Se hizo allí una mezcolanza
De potros, indios y lanzas,
Con alaridos que aterran.

Parece un baile de fieras,
Sigún yo me lo imagino:
Era inmenso el remolino,
Las voces aterradoras,
Hasta que al fin de dos horas
Se aplacó aquel torbellino.

De noche formaban cerco
Y en el centro nos ponían;
Para mostrar que querían
Quitarnos toda esperanza,
Ocho o diez filas de lanzas
Al rededor nos hacían.

Allí estaban vigilantes
Cuidándonos a porfía;
Cuando roncar parecían
"Güincá" gritaba cualquiera,
Y toda la fila entera
"Güincá" "Güincá" repetía.

Pero el indio es dormilón
Y tiene un sueño projundo;
Es roncador sin segundo
Y en tal confianza es su vida,
Que ronca a pata tendida
Aunque se dé güelta el mundo.

Nos averiguaban todo,
Como aquel que se previene,
Porque siempre les conviene
Saber las juerzas que andan,
Dónde están, quiénes las mandan,
Qué caballos y armas tienen.

A cada respuesta nuestra
Uno hace una esclamación,
Y luego, en continuación,
Aquellos indios feroces,
Cientos y cientos de voces
Repiten el mismo son.

Y aquella voz de uno solo,
Que empieza por un gruñido,
Llega hasta ser alarido
De toda la muchedumbre,
Y ansí alquieren la costumbre
De pegar esos bramidos.
José Hernández
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