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LA
VUELTA DE MARTÍN FIERRO |
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| XXXI Y después de estas palabras, Que ya la intención revelan, Procurando los presentes Que no se armara pendencia, Se pusieron de por medio Y la cosa quedó quieta. Martín Fierro y los muchachos, Evitando la contienda, Montaron y paso a paso, Como el que miedo no lleva, A la costa de un arroyo Llegaron a echar pié a tierra. Desensillaron los pingos Y se sentaron en rueda, Refiriéndose entre sí Infinitas menudencias, Porque tiene muchos cuentos Y muchos hijos la ausencia. Allí pasaron la noche A la luz de las estrellas, Porque ese es un cortinao Que lo halla uno donde quiera, Y el gaucho sabe arreglarse Como ninguno se arregla. El colchón son las caronas, El lomillo es cabecera, El cojinillo es blandura, Y con el poncho o la jerga Para salvar del rocío Se cubre hasta la cabeza. Tiene su cuchillo al lado, Pues la precaución es buena; Freno y rebenque a la mano, Y teniendo el pingo cerca, Que pa asigurarlo bien La argolla del lazo entierra (Aunque el atar con el lazo Da del hombre mala idea), Se duerme ansí muy tranquilo Todita la noche entera; Y si es lejo del camino, Como manda la prudencia, Más seguro que en su rancho Uno ronca a pierna suelta, Pues en el suelo no hay chinches, Y es una cuja camera Que no ocasiona disputas Y que naides se la niega. Además de eso, una noche La pasa uno como quiera, Y las va pasando todas Haciendo la mesma cuenta, Y luego los pajaritos, Al aclarar, lo despiertan, Porque el sueño no lo agarra A quien sin cenar se acuesta. Ansí pues aquella noche Jué para ellos una fiesta, Pues todo parece alegre Cuando el corazón se alegra. No pudiendo vivir juntos Por su estado de pobreza, Resolvieron separarse, Y que cada cual se juera A preocuparse un refugio Que alivia su miseria. Y antes de desparramarse, Para empezar vida nueva, En aquella soledá Martín Fierro con prudencia, A sus hijos y al de Cruz Les habló de esta manera: |
XXXII Un padre que da consejos Más que padre es un amigo; Ansí como tal les digo Que vivan con precaución: Naide sabe en qué rincón Se oculta el que es su enemigo. Yo nunca tuve otra escuela Que una vida desgraciada; No estrañen si en la jugada Alguna vez me equivoco. Pues debe saber muy poco Aquel que no aprendió nada. Hay hombres que de su cencia Tienen la cabeza llena; Hay sabios de todas menas, Mas digo sin ser muy ducho: Es mejor que aprender mucho El aprender cosas buenas. No aprovechan los trabajos Si no han de enseñarnos nada; El hombre, de una mirada Todo ha de verlo al momento: El primer conocimiento Es conocer cuándo enfada. Su esperanza no la cifren Nunca en corazón alguno; En el mayor infortunio Pongan su confianza en Dios; De los hombres, sólo en uno, Con gran precaución, en dos. Las faltas no tienen límites Como tienen los terrenos, Se encuentran en los más buenos, Y es justo que les prevenga: Aquel que defetos tenga Disimule los ajenos. Al que es amigo, jamás Lo dejen en la estacada, Pero no le pidan nada Ni lo aguarden todo de él: Siempre el amigo más fiel Es una conduta honrada. Ni el miedo ni la codicia Es bueno que a uno lo asalten, Ansí, no se sobresalten Por los bienes que perezcan; Al rico nunca le ofrezcan Y al pobre jamás le falten. Bien lo pasa hasta entre pampas El que respeta a la gente; El hombre ha de ser prudente Para librarse de enojos; Cauteloso entre los flojos, Moderado entre valientes. El trabajar es la ley, Porque es preciso alquirir; No se espongan a sufrir Una triste situación: Sangra mucho el corazón Del que tiene que pedir. Debe trabajar el hombre Para ganarse su pan; Pues la miseria, en su afán De perseguir de mil modos, Llama en la puerta de todos Y entra en la del haragán. A ningún hombre amenacen Porque naides se acobarda; Poco en conocerlo tarda Quien amenaza imprudente, Que hay un peligro presente Y otro peligro se aguarda. Para vencer un peligro, Salvar de cualquier abismo, Por esperencia lo afirmo: Más que el sable y que la lanza Suele servir la confianza Que el hombre tiene en sí mismo. Nace el hombre con la astucia Que ha de servirle de guía; Sin ella sucumbiría, Pero, sigún mi esperencia, Se vuelve en unos prudencia Y en los otros picardía. Aprovecha la ocasión El hombre que es diligente; Y tenganló bien presente Si al compararla no yerro: La ocasión es como el fierro, Se ha de machacar caliente. Muchas cosas pierde el hombre Que a veces las vuelve a hallar; Pero les debo enseñar, Y es bueno que lo recuerden: Si la vergüenza se pierde Jamás se vuelve a encontrar. Los hermanos sean unidos, Porque esa es la ley primera; Tengan unión verdadera En cualquier tiempo que sea, Porque si entre ellos pelean Los devoran los de ajuera. Respeten a los ancianos, El burlarlos no es hazaña; Si andan entre gente estraña Deben ser muy precavidos, Pues por igual es tenido Quien con malos se acompaña. La cigüeña, cuando es vieja Pierde la vista, y procuran Cuidarla en su edá madura Todas sus hijas pequeñas: Apriendan de las cigüeñas Este ejemplo de ternura. Si les hacen una ofensa, Aunque la echen en olvido, Vivan siempre prevenidos; Pues ciertamente sucede Que hablará muy mal de ustedes Aquel que los ha ofendido. El que obedeciendo vive Nunca tiene suerte blanda; Mas con su soberbia agranda El rigor en que padece: Obedezca el que obedece Y será bueno el que manda. Procuren de no perder Ni el tiempo ni la vergüenza; Como todo hombre que piensa Procedan siempre con juicio, Y sepan que ningún vicio Acaba donde comienza. Ave de pico encorvado Le tiene al robo afición; Pero el hombre de razón No roba jamás un cobre, Pues no es vergüenza ser pobre Y es vergüenza ser ladrón. El hombre no mate al hombre Ni pelee por fantasía; Tiene en la desgracia mía Un espejo en qué mirarse: Saber el hombre guardarse Es la gran sabiduría. La sangre que se redama No se olvida hasta la muerte; La impresión es de tal suerte, Que a mi pesar, no lo niego, Cai como gotas de fuego En la alma del que la vierte. Es siempre, en toda ocasión, El trago el pior enemigo; Con cariño se los digo, Recuérdenló con cuidado: Aquel que ofiende embriagado Merece doble castigo. Si se arma algún revolutis Siempre han de ser los primeros; No se muestren altaneros Aunque la razón les sobre: En la barba de los pobres Aprienden pa ser barberos. Si entregan su corazón A alguna mujer querida, No le hagan una partida Que la ofienda a la mujer: Siempre los ha de perder Una mujer ofendida. Procuren, si son cantores, El cantar con sentimiento, No tiemplen el estrumento Por sólo el gusto de hablar, Y acostúmbrense a cantar En cosas de jundamento. Y les doy estos consejos, Que me ha costado alquirirlos, Porque deseo dirigirlos; Pero no alcanza mi cencia Hasta darles la prudencia Que precisan pa seguirlos. Estas cosas y otras muchas, Medité en mis soledades; Sepan que no hay falsedades Ni error en estos consejos: Es de la boca del viejo De ande salen las verdades. |
| José Hernández | |